¿Prevenir o enfermar? El dilema de la vacunación 

La responsabilidad de la sociedad médica, es proveer de herramientas ya sea a través del conocimiento o de requerirse a través de la farmacología, para prevenir cualquier tipo de enfermedad. 

En el contexto anterior es imprescindible mencionar, que el constante desarrollo tecnológico, ha permitido crear  agentes biológicos destinados a provocar una respuesta controlada en el organismo, las cuales se denominan vacunas. Estos agentes compuestos de virus y bacterias con potencial disminuido, tienen la misión de generar en el organismo, el mecanismo de defensa particular, al que evoca cada uno de estos virus y bacterias; logrando así, que las defensas del cuerpo generen una línea celular específica para atacar estas enfermedades, y aún más importante, que permanezcan es espera de defenderlo contra las mismas para el resto de la vida del individuo.  

Si bien no podemos omitir que la acción principal de la vacunación es exponer de manera premeditada a los pacientes ante una enfermedad o a un conjunto de enfermedades determinadas; es verdad que la manifestación de los síntomas clínicos que se le pueden atribuir a la vacuna, distan por mucho de las graves condiciones clínicas que se podrían observar, si el paciente estuviera en contacto directo con los agentes responsables de estas enfermedades; donde la vida correría sin duda alguna, riesgo elevado de secuelas importantes o inclusive riesgo de muerte. 

Y es ahí donde surge el dilema: ¿aplicar las vacunas o no aplicarlas? Entonces aparecen las corrientes alternativas naturistas que deciden no “exponer” a los miembros de su comunidad. Y es totalmente comprensible y respetable; porque siendo del todo estrictos; claro que al vacunar se busca una exposición. Quizá lo que valdría la pena valorar, es el impacto de ambos extremos.   

Por cada millón de vacunas aplicadas se observa tan solo un caso con síntomas graves que ameriten manejo invasivo en una terapia intensiva.  Por la otra parte, aquellos que no han sido vacunados y tiene el infortunio de tener contacto con estas enfermedades, tienen una probabilidad mayor al 70% de presentar cuadros severos con incapacidades permanentes. 

Basados en lo anterior, para una servidora en cuyo estandarte de galeno prevalece el fundamento más básico de la medicina “primum non nocere” (lo primero es no hacer daño), la balanza se inclina claramente en virtud de una acción que no solo me permitirá crear defensas para eventos futuros, si no, en la medida del desarrollo tecnológico actual, controlar en su mayoría las manifestaciones  clínicas de dichas patologías; por lo que mi balanza se inclina a favor  indiscutible de la vacunación. 

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